Cuando de arte se trata, nadie suele ir por ahí contándole a medio mundo que tiene la “receta perfecta” para escribir una novela de misterio que le tiré los calzones a la mitad del planeta… y sin embargo, esto es exactamente lo que sucede. Las historias que funcionan y enganchan al lector, provocándole una reacción emocional contundente, lo hacen porque el autor se las ingenió para mezclar una serie de ingredientes esenciales en una proporción específica.
En el mundillo de la teoría literaria a los siguientes estos siete ingredientes (unas veces más, unas veces menos) se les conoce como pilares de la ficción, y son la base de cualquier historia:
Vamos a darle una repasadita a la lista completa empezando por los elementos que, a mi juicio, son los más importantes:



1) Personajes
Se trata de las personas o lugares imaginarios que viven, sueñan, sienten y existen en el interior de cualquier historia. Es importante aclarar que un personaje no es una persona, sino un arquetipo, es decir, un modelo que encarna deseos, motivaciones, rasgos e intenciones que solemos asociar con un ser humano de carne y hueso.
Los personajes son la carnita de cualquier historia; sin ellos no sólo nos sería difícil engancharnos con lo que estamos leyendo/viendo/escuchando, sino que ni siquiera habría historia en primer lugar. Esto es clave. Una historia sin personajes no es una narración.
Si ahora mismo estás pensando “eso no es cierto. Acabo de leer X, y ahí no hay ni un sólo personaje”, debes saber que los personajes no siempre tienen que ser seres humanos o animales. Una ciudad, una montaña, un país o incluso una idea pueden funcionar como personajes en una narración.
Los personajes son la carnita de cualquier historia; sin ellos ni siquiera habría historia en primer lugar.
2) Trama
El segundo ingrediente clave de nuestra lista, la trama, es el conjunto de eventos cronológicos que ocurren en nuestra historia. Toda trama está compuesta por un inicio, un desarrollo y un final o conclusión. O puesto en términos aún más concretos: si, por ejemplo, estamos narrando la historia de un robo frustrado, nuestra historia podría comenzar cuando los personajes deciden llevar a cabo el robo; el desarrollo podría ser el robo mismo y el desenlace, sus consecuencias.
Obvio, este ejemplo es bastante genérico.
Lo importante es recordar que, aunque todas las historias tienen un inicio, un desarrollo y una conclusión, no estás ni obligado a incluir los tres momentos en tu narración, ni a presentar los eventos en órden cronológico. De hecho, los beneficios de jugar un poco con la trama (por ejemplo, empezar a narrar la historia in media res: en el punto medio) son bastante interesantes.
Si tú historia te lo permite ¡bienvenida sea la experimentación!

Todos nos hemos topado alguna vez con novelas o cuentos en los que no parece pasar nada. Lees página tras página y lo único que encuentras son párrafos y párrafos de descripciones de lugares, personas o cosas sin que el autor nunca te muestre qué es lo que esos mismos personajes están haciendo y porqué.
Este tipo de historias, muy típicas de los siglos XVIII y XIX, llevan un ritmo de tortuga porque sus escenas tienen muy poca acción, es decir, una serie de eventos clave que hacen que la historia avance.
Piensa en tu novela o cuento favorito. Seguro puedes ubicar esos “momentos” clave en los que un personaje toma una decisión que cambia por completo el rumbo de la historia. Quizás alguien decide cancelar un viaje de último minuto, hacer una llamada, no atender la puerta, enviar un correo lleno de frases fúricas o iniciar una conversación con un desconocido en la fila del súper. El evento puede ser bastante banal e insignificante, pero lo que importa es que de alguna manera hace que la historia avance.
Cualquier manual de novela moderna insistirá en que una escena sin acción, en la que nada sucede, no es más que una escena de relleno que no aporta nada a la historia. Mi opinión no es tan radical, creo que las escenas introspectivas tienen su lugar en cualquier historia… siempre y cuando el otro 80% contenga acciones que hagan avanzar el resto de la historia.
Pero claro, como en todo lo que concierne a la ficción narrativa, acá no hay reglas inamovibles. La decisión final la tienes tú.

El cuarto ingrediente de nuestra lista es, a mi parecer, uno de los más complejos de entender. La gran mayoría de los artículos y manuales de escritura hablan del narrador y del punto de vista como si fueran la misma cosa lo cual abre la puerta a algunos malentendidos. La siguiente explicación es mi interpretación del asunto.
El narrador es la persona que cuenta la historia. Esta persona puede ser:
Ahora, el punto de vista es la perspectiva desde la que se cuenta una historia, es decir el ángulo desde el que se narra. Estas “perspectivas” son:
Un truco mental que me gusta emplear para entender mejor la diferencia entre los tres puntos de vista es pensarlos como tres diferentes niveles de separación entre la acción y la persona que la realiza.
El nivel más íntimo de narración que podemos encontrar es un narrador protagonista que cuenta desde la primera persona. Este narrador ve, siente y experimenta desde la propia experiencia y, por obvias razones, también está limitado por ella. En un segundo nivel podemos hallar, por ejemplo, a un personaje (ya sea protagonista, secundario o testigo) contándonos los eventos que percibe usando la segunda persona,, en un intento por involucrarnos en la historia. Finalmente, encontramos a un narrador en tercera persona, que puede identificarse con un personaje específico (o no) y que nos ofrece una narración mucho más desapegada y distante a los hechos (en teoría, al menos).
Para complicar aún más la cosa, recuerda que una historia puede tener múltiples narradores y múltiples puntos de vista (un buen ejemplo de esto es Mientras Agonizo, de William Faulkner), lo cual añade una capa de complejidad a la lectura.
En términos generales, nuestro quinto ingrediente no es más que el enfrentamiento entre dos fuerzas opuestas. Muchos escritores noveles suelen pensar en el conflicto como algo reservado para las grandes historias épicas al estilo El señor de los anillos, dónde el bien se debate contra el mal donde cada uno de los bandos lo arriesga todo.
Sin embargo, la realidad es que hay conflictos de todas las tallas y proporciones; basta con que haya dos puntos de vista distintos sobre un mismo tema para que nazca un conflicto. Desde una situación mundana, como un vegano que se ve obligado a pasar la navidad con su familia política, repleta de amantes del roast beef, hasta algo más evidente, como una pareja que está al borde del divorcio a causa de una infidelidad, o algo trágico,, como dos países sumidos en una guerra, sangrienta y sin fin, por razones religiosas. El conflicto puede adoptar muchas formas y colores, el único requerimiento básico son dos puntos de vista, ideas, personas o circunstancias opuestas.
Y lo que es más interesante aún: en vista de lo que motiva a los seres humanos a actuar en el 99% de los casos es una sensación de inconformidad o un problema, se sigue que el conflicto es la base de la acción. Sin la tensión que se genera gracias a un conflicto, no te será sencillo entender los motivos que tus personajes tienen para moverse a resolver su dilema (la acción).

Este es quizás el ingrediente más fácil de entender, pero también el más difícil de crear. Como seguro ya te lo imaginarás, los diálogos son las conversaciones que tus personajes tienen entre ellos o, incluso, con ellos mismos (pero sin abusar).
El principal reto al que te enfrentarás al momento de escribir diálogos será descubrir que, en un texto de ficción, no hay lugar para las pequeñas frases sin propósito que abundan en las conversaciones de la vida real. Los uhms, ehhh, no ses, sis, nos y otras frases vacías que reinan en cualquier conversación cotidiana, además de robar espacio en la página, le quitan fuerza a la conversación y aburren al lector.
La “regla” a seguir cuando hay que escribir un diálogo efectivo es simple: la conversación retratada siempre debe revelar algo sobre los personajes que haga avanzar la trama. Por ejemplo, si tu protagonista es un avaro consumado, en lugar de explicarnos este detalle en un párrafo descriptivo, puedes crear un diálogo entre el protagonista y un vendedor al que le intenta regatear hasta la ofensa.
Los diálogos son el ingrediente ideal para hacer que el lector empatice con los dilemas de tus personajes.
Finalmente llegamos a nuestro último ingrediente, la construcción de un espacio y un tiempo específicos en donde se desarrollaran los eventos de tu historia. Para generar este ambiente, tu herramienta principal será la descripción, que no es otra cosa que una explicación que ayudará a tu lector a situarse en un espacio y tiempo determinado.
Recuerda que tu historia debe de construir un balance entre ingredientes pasivos (es decir, que no requieren de un esfuerzo intelectual por parte del lector) y activos (donde un esfuerzo mental es necesario). Como la descripción es un ingrediente 100% pasivo, si la usas en exceso corres el riesgo de aburrir al lector. No es necesario describir hasta el último detalle del cuarto azul en el que tu protagonista se encuentra encerrado: permítele a la mente de tu lector llenar los huecos.

Como es de esperarse, está de más decir que mi lista de “solo” 7 ingredientes no es universalmente aceptada. De hecho, hasta donde yo sé no hay un acuerdo respecto al número de elementos “esenciales” que componen a todo buen texto de ficción: ¡hay quienes llegan a enlistar hasta 14 elementos!
Yo me limito a 7 por qué creo que entre uno entra en más y más detalle, los elementos se vuelven cada vez más abstractos. Un ejemplo perfecto de esto son el tema y la voz. Ambos son ingredientes que, aunque importantes, explicar cómo se desarrollan no es tan sencillo. Ahora verás porqué.
Como el nombre lo indica, el tema es una especie de paraguas conceptual bajo el cual se desarrolla la premisa de la historia o, en otras palabras, la idea central en torno a la cual gira el resto de la obra.
El problema al que nos enfrentamos cuando hablamos de tema es que este no está escrito en piedra. Ningún autor declara en el título (o el subtítulo) cual es el tema de su obra; es más, hay incluso autores que concluyen sus manuscritos finales sin saber muy bien cual es el tema trabajado: para descubrirlo, el lector tendrá que hacer una interpretación de lo que está leyendo.
Algunos ejemplos de temas literarios clásicos son los siguientes:
Obviamente, mi selección de temas es una interpretación mía y por lo tanto están abiertas a discusión. Y es precisamente por esto que preocuparse por el tema de tu texto cuando apenas estás empezando a escribir muchas veces conduce a frustraciones innecesarias.
En mi opinión, lo primero que hay que hacer es escribir y escribir un poco más. La claridad respecto al tema de tu texto llegará conforme corrijas, pienses y edites.
La voz no es otra cosa que el estilo del autor, su manera particular de escribir y narrar. No debe de confundirse con la voz narrativa (es decir, la voz del narrador de la historia que, como expliqué más arriba, no siempre es el autor).
Al igual que el tema, la voz también padece del mismo problema de abstracción: uno la puede identificar cuando está leyendo, pero eso no significa que entienda intuitivamente cuales son las estrategias para desarrollarla. Lo cierto es que desarrollar una voz distinta y propia es algo que solo sucede con la práctica: cuando más escribes, más creces como escritor y mejor te salen los textos. Empiezas a sentirte cómodo con ciertos elementos y a arriesgarte un poco más con otros. Esto es algo que está enteramente ligado a la práctica.
Por lo tanto, el mejor consejo que te puedo dar para que aprendas a desarrollar tu voz es que escribas con consistencia, que desarrolles una práctica de escritura que se ajuste a tus ritmos de vida y tiempos.
Si bien no estás obligado a conocer a fondo cada uno de los siete pilares de la ficción antes de empezar a escribir (y mucho menos de dominarlos), tener una idea más o menos clara de sus elementos esenciales te ayudará identificar cuales son las cosas que se te dan bien (ie: escribes diálogos geniales) y aquellas en que requieren más trabajo (¿alguien dijo descripción de personajes?).
En este artículo explicamos que los siete pilares de la ficción son una serie de “ingredientes esenciales” que puedes encontrar en todas las buenas historias. Estos ingredientes son:
Por supuesto, el número siete no es una elección tallada en piedra. Hay ciertos elementos, como la voz y el tema, que otros escritores suelen tomar en cuenta en sus listas de pilares de la ficción. Mi lista solo incluye siete ingredientes porque considero que estos son los básicos: sin ellos la historia no acabaría de cuajar.
Entonces, ¿qué te pareció el artículo? ¿conocías ya los siete pilares de la ficción?, ¿cuál de los elementos se te da mejor? No te olvides de compartirnos tus impresiones en la caja de comentarios.